Era un día normal de invierno en el que el viento frío te congelaba la cara, las manos y los pies ya no me los sentía y estaba deseando llegar a casa para poder entrar en calor. Después de cinco minutos andando con aquel frío aterrador, llegué al portal de mi casa. Con dificultad pude coger las llaves de mi bolsillo derecho del chaquetón, abrí el portal de mi edificio y subí tranquilamente las escaleras. Me detuve, mi corazón empezó a latir más fuerte y me ahogaba haciendo que mi respiración fuera más costosa. La puerta de mi casa estaba entreabierta y su pomo manchado de sangre. Abrí la puerta de una patada y fui directamente al salón donde un gran charco rojo cubría la alfombra sobre la que estaba mi padre, empecé a llorar, esto no podía ser cierto, corrí hacia el teléfono y llamé a la ambulancia, mientras que esta venía me dirigí a la habitación de mi madre donde su cuerpo sin vida se encontraba sobre la cama, me acerqué y la miré por última vez a la cara, la cual estaba mojada por las últimas lágrimas que brotaron de sus ojos antes de ser disparada. Miré a la derecha, en la cuna no había nadie ¿dónde estaba mi hermano?
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