Y allí siempre me ocurría lo mismo,
mi corazón se marchitaba sin darme tiempo a pensar en nada más que en su dolor.
Desde fuera la habitación rosa permitía el fuerte color rojo del corazón,
latiendo al ritmo de la vida,
pero era solo tocar con los dedos aquella línea que separaba a la habitación del exterior y mi cuerpo se paralizaba,
mi corazón empezaba asentir punzadas de dolor y todo comenzaba a verse en blanco y negro.
