Todos los días hiciera frío o calor, lloviera o el sol me abrasara la piel, yo estaba allí sentada en aquel pollete del muelle que me permitía ver las vistas más bonitas que jamás pueda llegar a ver. Podía contemplar las pequeñas olas que producía el mar, la salida y entrada de los barcos, los peces saltando, y aquellas nubes que cada día me ofrecían una figura distinta, este era mi paraíso.
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