No se que me pasa, mi deseo es incontrolable. Te deseo tanto que dudo del deseo y eso me preocupa porque dudo de todo.
A menudo se resbala por mi cuerpo y lucho desesperada por cogerlo al vuelo, pero se aleja decidido.
Vuela lejos, hasta mantenerse en un lugar al que no llego.
Mi deseo, mi deseo es un vicio del que no salgo, un vicio diario, una rutina desesperante y agotadora, a veces entristecida.
"¿Qué deseas?" me pregunta tras llamar a mi puerta.
Yo le miro incrédula, ¿qué se ha creído este engreído deseo que no para de ofrecerme cosas que no tengo?
Le cierro la puerta en su propia sonrisa pero, mientras intento engullir sus palabras, su humo se cuela bajo la puerta. Lo respiro de manera inconsciente, sin poder resistirlo, sin poder evitarlo.
Y entonces te pienso, como respuesta a su indeseada pregunta que viene pronunciada como un delito.
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