Cruce una puerta, era bonita, una puerta de madera con un pomo de oro y con ramas que salían de ella. Al verla tan bonita pensé que quizás al otro lado habría un campo en el que poder correr y donde poder desfrutar, donde alguien me estaría esperando, pero cuando la abrí me di cuenta de que estaba totalmente equivocada, al otro lado de la puerta no había absolutamente nada ni nadie, era una habitación blanca, sin ningún mueble, sin ninguna distracción, estaba completamente sola, quería volver, abrir la puerta de nuevo y desear no haber entrado pero la puerta no se abría, no había vuelta atrás. Estuve una semana en aquel lugar cuando poco su poco su color blanco fue convirtiéndose en el verde de mi habitación, todos los muebles aparecieron como si no hubiera ocurrido nada. Quería pensar que todo había sido un sueño, pero cuando desperté llevaba esa ropa, la misma ropa que en aquella habitación solitaria, y por mucho que me pellizcaba ese truco no me servía.
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